martes, julio 21, 2009

Lo que no dice la propaganda farmacéutica



No hace falta ser médico para saber que entre los diferentes medicamentos que se expenden en las farmacias existen enormes diferencias en precios, inclusive tratándose de medicamentos utilizados para un mismo propósito, e inclusive tratándose del mismo medicamento pero con distintas denominaciones comerciales (unas conocidas como “originales” –las fabricadas por el laboratorio que las patentó-, y las otras, “genéricas”). Así por ejemplo, tenemos que el antidepresivo fluoxetina 20 mg en su versión genérica, tiene un costo que oscila entre S/. 0.10-0.50 (US $ 0.03-0.15), en tanto que en su versión original (Prozac) puede llegar hasta los S/. 8 (US $ 2.4); por su parte, el antibiótico azitromicina 500 mg en su versión genérica cuesta alrededor de S/. 2 (US $ 0.67), mientras que su versión original (Zitromax) puede llegar a los S/. 19.5 (US $ 6.5) (datos de farmacias de Lima, julio del 2009).

El mayor problema surge sin embargo, cuando un medicamento de gran necesidad se encuentra aún en el periodo de exclusividad que se le otorga al laboratorio fabricante (20 años desde el registro de la patente), durante el cual ninguna otra casa farmacéutica puede comercializar el producto, y no queda en el mercado otra alternativa más que la onerosa. Y la industria farmacéutica hace todo lo posible por extender al máximo dicho periodo de exclusividad, para impedir la aparición y difusión de los medicamentos genéricos, que le generan enormes pérdidas en ingresos económicos. Y no duda en entablar demandas legales bajo cualquier pretexto contra quienes afecten sus intereses. Por ejemplo, cuando en 1999 el laboratorio Astra-Zeneca perdió la patente por el antiulceroso omeprazol (Prilosec), denunció al fabricante del producto genérico, logrando 30 meses más de exclusividad, al cabo de los cuales volvió a hacer otra querella, ganando un mes y medio adicional. En nuestro medio, Eli Lilly no cesa en su empeño por impedir la comercialización de cualquier presentación del antipsicótico olanzapina, que no sea la suya propia (Zyprexa).

Particularmente infame fue el caso de los medicamentos contra el virus del SIDA. Según Philippe Pignarre, hasta hace algunos años, sólo el 5% de los 40 millones de infectados por el VIH podía acceder a los mismos, por cuestiones económicas; como consecuencia, 3 millones fallecían anualmente por esta enfermedad en África, y la esperanza de vida había retrocedido 25-30% en varios países africanos. Cuando en 1997, el gobierno de Su­dáfrica aprobó una ley que permitía la importación de versiones económicas de medicamen­tos antirretrovirales procedentes de otros países (importación paralela), 39 laboratorios lo denunciaron por “violación de los acuer­dos internacionales”, en tanto que la Cámara de Comercio de los Es­tados Unidos presionó al gobierno sudafricano para que derogara la ley (Lawrence Lessig hizo entonces la siguiente reflexión: “Habrá un momento dentro de treinta años en el que nuestros hijos mirarán al pasado y se preguntarán cómo pudimos permitir que esto ocurriera. Cómo pudimos permitir que se siguiera una línea política cuyo coste directo fue acelerar la muerte de entre quince y treinta millones de africanos y cuyo único beneficio real era afirmar la ‘santidad’ de una idea. Qué justificación podría remotamente existir para una política que tiene como resul­tado tantas muertes. Cuál es exactamente la locura que permite que tantos mueran por semejante abstracción”).

Para justificar los altos costos de sus medicamentos, la industria farmacéutica y sus defensores suelen explicar que aquéllos son imprescindibles para financiar la investigación y el desarrollo de nuevos fármacos, de tal modo que cualquier restricción en los precios traería consecuencias nefastas para la medicina. Como dijo el presidente de Investigación Farmacéutica y Fabricantes de los Estados Unidos (PhRMA): “Créanme, si le imponemos controles de precios a la industria farmacéutica, y si reducimos la investigación y desarrollo que esta industria puede realizar, eso va a perjudicar a mis hijos y a los millones de estadounidenses que padecen enfermedades graves”. Tal argumento es simplemente falso. El costo de los medicamentos no se destina ex­clusivamente a recuperar lo invertido en investigación ni a asegurar la aparición de nuevos tratamientos; como han demostrado diversos estudios, la mayor parte se utiliza en publi­cidad y promoción. La Families U.S. Foundation (2002) llevó a cabo un análisis de los informes presentados a la Securities and Exchange Commission en el 2001, por nueve compañías –Merck, Pfizer, Bristol Myers Squibb, Eli Lilly, Abbott Laboratories, Wyeth, Allergan, Phar­macia y Schering-Plough Corporation–, encontrando que el 27% de sus ingresos fueron destinados a marketing, publicidad y administra­ción, el 18% a beneficios, y solamente el 11% a la búsqueda de nuevos productos. Otra investigación, realizada por Consumers Internatio­nal (2006) en siete países europeos, dirigida a estudiar las prácticas de publicidad de 20 casas farmacéuticas, reveló que la industria de los medicamentos invierte US $ 60 mil millones al año en publicidad, casi dos veces más que en investigación y desarrollo. Por otro lado, una noticia publicada en The New York Times el 27 de junio del 2007, in­formó que la psiquiatría es la especialidad médica que más beneficios económicos recibe de los fabricantes de medicamentos, mencionan­do además que dicha industria gastó US $ 2.25 millones en propagan­da, honorarios y gastos de viajes para médicos psiquiatras, hospitales y universidades, en el estado de Vermont, Estados Unidos; dicha cifra –añade el artículo- no incluye el costo de las muestras médicas y el salario de los representantes de ventas. Otra noticia publicada en The New York Times el 10 de mayo del 2007, refirió que las retribuciones de la industria farmacéutica hacia los médicos psi­quiatras del estado de Minnesota, Estados Unidos, aumentaron seis veces durante el periodo 2000-2005 (hasta llegar a US $ 1.6 millones), en tanto que las prescripciones de antipsicóticos atípicos para niños del programa Minnesota’s Medicaid se multiplicaron por 9 durante dicho periodo; además, aquellos médicos psiquiatras que recibieron más de US $ 5000 a lo largo del periodo 2000-2005 prescribieron tres veces más antipsicóticos atípicos a niños, que aquellos médicos que recibieron menos de dicha suma. ¿Coincidencia? Poco probable, pues resulta cada vez más claro que los “desinteresa­dos” presentes que la industria ofrece a los galenos –desde lapiceros hasta viajes a congresos internacionales con alojamiento en hoteles cinco estrellas–, ejercen una influencia en un porcentaje apreciable de ellos, que se materializa al momento de prescribir (cuando debiera primar el beneficio del paciente antes que el propio interés). Tal como revela otro estudio realizado por Consumers International (2007), hasta el 50% de los medicamentos estarían prescriptos, dispensados o ven­didos en forma inapropiada en los países en desarrollo, como conse­cuencia de aquella influencia. Como resultado, muchas personas terminan recibiendo medicamentos costosos pudiendo acceder a opciones más económicas e igualmente eficaces, lo que es más censurable cuando se trata de poblaciones de escasos recursos (por supuesto que existen casos en los cuales sí es necesario acudir a los medicamentos más caros, tratándose de enfermedades raras o cuando otros tratamientos han fracasado, pero esa no es la generalidad). Claro que la mayoría de “colaboradores” no admite tal compromiso de su objetividad, y hasta se cree merecedora de semejantes prebendas por el simple hecho de ostentar el título de médico.

Pero la propaganda y la “generosidad” de los laboratorios no son los únicos factores que estarían influyendo sobre las decisiones de muchos médicos al momento de decidir una prescripción. Una investigación publicada por la revista The New England Journal of Medicine (2008) revisó 74 ensayos clínicos de 12 antidepresivos registrados por la FDA en el periodo 1987-2004 –que involucraban a más de 12 mil pacientes–, encontrando 38 estudios con resultados favorables para los laboratorios y 36 con resultados no favorables. Del primer grupo, 37 fueron publicados en revistas científi­cas, en tanto que del segundo grupo, solamente 3 vieron la luz admi­tiendo los resultados negativos, y 11 se publicaron presentando los resultados como positivos, quedando 22 sin publicarse. Concluyen los autores diciendo que aquellos estudios con resultados favorables hacia la industria farmacéutica, tienen 12 veces más probabilidades de publicarse que aquéllos con resultados desfavorables, dando así la impresión de una abrumadora evidencia científica respaldando el uso de estos medicamentos. Por otro lado, la industria de los medicamentos financia toda clase de actividades supuestamente educacionales dirigidas hacia los médicos, con expositores que no se caracterizan precisamente por su objetividad al presentar datos supuestamente científicos.

Tampoco es cierto que la industria de los medicamentos sea particularmente innovadora, pues los últimos años no han visto surgir muchos tratamientos realmente nuevos, limitándose en la mayor parte de los casos a medicamentos muy similares a sus predecesores, y con escasas ven­tajas respecto a aquéllos (los medicamentos “yo-también”), o simplemente a nuevas indicaciones para productos ya existentes en el mercado (según Marcia Angell: “en los 5 años que pasaron entre 1998 y 2002, la FDA aprobó 415 medicamentos nuevos, de los cuales sólo el 14% fueron innovadores en realidad. El 9% consistió en fármacos antiguos que habían sufrido algún cambio, el cual, según los parámetros de la FDA, los mejoraba en forma significativa. ¿Y el 77% restante? Por más que resulte increíble, fueron medicamentos ‘yo-también’, clasificados por la entidad como medicinas no mejores que las que ya se encuentran en el mercado para el tratamiento de ciertas enfermedades”). Aunque al momento de ser lanzados o “relanzados” al mercado, cuenten con una descomunal y multimillonaria campaña publicitaria, no exenta de “abundantes” estudios y “opinio­nes de expertos” (speakers) sumamente favorables -aunque no precisamente independientes-, destinados a convencer a los prescriptores de que el “nuevo” producto es muy superior a los ya existentes, y que por lo tanto justifica con creces su abultado precio. Por ejemplo, el antipsicótico quetiapina fue promocionado inicialmente por Astra-Zeneca (bajo el nombre comercial de Seroquel) como medicamento contra la esquizofrenia, luego como tratamiento para el trastorno bipolar, y hace algunos meses fue presentada su versión de acción prolongada (Seroquel XR) ante la comunidad médica local, con bombos y platillos, y nada menos que en el lujosísimo restaurante limeño La Rosa Náutica.

Y por si todo lo anterior no resultara suficiente, un porcentaje apreciable de los medicamentos que la industria farmacéutica promociona como suyos y que utiliza para intentar justificar sus elevados presupuestos, no proviene de sus propias fuentes, si no de investigaciones financiadas con fondos públicos, y llevadas a cabo en universidades, pequeñas compañías biotecnológicas o en el Instituto Nacional de Salud de los Estados Unidos, los cuales ceden la exclusividad de sus descubrimientos a los laboratorios a cambio de regalías. Al respecto, un informe de la Agencia Nacional de Investigación Económica de los EE.UU. refirió en 1997 que la investigación financiada con dinero público era responsable de 15 de los 21 fármacos más eficaces aprobados entre 1965 y 1992; por otro lado, el Boston Globe reveló que 45 de los 50 medicamentos más exitosos aprobados entre 1992 y 1997, habían recibido fondos del gobierno de los EE.UU.

En suma, la gran diferencia en los precios de los medicamentos originales no se justifica solamente por la investigación y el desarrollo de nuevos fármacos verdaderamente innovadores, si no principalmente por la publicidad –abierta o disfrazada (incluyendo generosos obsequios hacia todos los “desinteresados colaboradores”, así como actividades “educacionales”)- y por las enormes ganancias de una industria farmacéutica dedicada en la actualidad mayormente a la fabricación y difusión de medicamentos poco novedosos y que no ofrecen mayores ventajas respecto a los que ya existen. Aunque muchos de sus áulicos digan lo contrario.


Referencias
 
 
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sábado, enero 24, 2009

Falacias



Desde tiempos inmemoriales, los líderes políticos y religiosos (y otros denominados "de opinión") han manipulado a grandes sectores de la población utilizando argumentos basados en la emotividad antes que en el razonamiento objetivo. Por supuesto que donde hay un manipulador debe haber también alguien manipulable, dispuesto a abdicar en su raciocinio en aras de la seguridad que le ofrece un sistema de creencias abundante en porvenires paradisíacos, y la pertenencia al grupo humano que las profesa. Tal renuncia a la lógica constituye el principio de los argumentos falaces o sofismas, los cuales -valgan verdades- no se limitan únicamente al discurso demagógico de aquellos líderes, si no que forman parte de nuestro cotidiano discurso. El tema es vasto por cierto, y excede con creces los propósitos de un humilde blog construido para hacer más soportables las horas de insomnio del autor, por lo cual se presentan a continuación aquellas falacias más frecuentemente utilizadas:
 
Falacia de generalización. Una de las más difundidas, consiste en llegar a conclusiones basándose en una experiencia limitada y estadísticamente no significativa. En su versión más benigna y cotidiana, sirve de sustento para los "conocedores" de todo tipo de cosas, aquéllos que -por ejemplo- opinan pomposamente acerca de la calidad de un restaurante habiendo asistido solamente una vez, o que pretenden describir a "la mujer" o "al hombre" de una determinada nacionalidad, como si de una población absolutamente homogénea se tratase (p.ej: "el hombre peruano es trabajador"). Es también esta falacia la favorita de los charlatanes ("naturistas" o "alternativos"), que basan la pretendida eficacia de sus productos casi exclusivamente en testimonios aislados, ocultando pícaramente sus fracasos, y olvidando deliberadamente que muchas dolencias presentan en ocasiones, remisiones espontáneas. Asimismo utilizan aquéllos la falacia de generalización para echar una sombra de duda sobre toda la medicina convencional, poniendo un énfasis desmedido en los efectos secundarios de algunos medicamentos (sin tomar en cuenta que no todos los fármacos son iguales, y que no todas las personas reaccionan de igual manera ante el mismo medicamento); tal error trasciende la propaganda de los charlatanes y suele ser muy común en la población general, expresándose en frases como: "las medicinas me caen mal" o "las pastillas no me hacen nada". En su versión más nefasta, la falacia de generalización ha sido históricamente el principal acicate para persecusiones de toda índole; se aprovecha aquí las características (verdaderas o ficticias) de unos cuantos individuos para luego atribuírselas a todos los representantes de su grupo (ejemplos abundan: "los judíos son avaros", "los árabes son terroristas", "los alemanes son racistas", seguido de un largo y deplorable etcétera).
 
Falacia de autoridad (argumentum ad verecundiam). Uno de los principales escollos para el avance del conocimiento y motivo de persecuciones de toda clase, utiliza la opinión de una figura de autoridad como argumento incuestionable, que no admite desviación alguna. En el campo de la ciencia, la "verdad revelada" en la Biblia (o cualquier otro texto elevado a la categoría de sagrado) ha sido generalmente el único argumento de los dogmáticos para oponerse a cualquier tipo de descubrimiento científico (la historia es generosa en ejemplos: Galileo y el heliocentrismo, y Charles Darwin y la evolución, por poner sólo dos). En el terreno de la política, los extremistas de un lado o del otro suelen limitar sus argumentos a monótonas citas textuales del líder supremo, tildando de "revisionistas" a quienes osen apartarse en lo más mínimo de las férreas fronteras ideológicas impuestas. Más cotidianamente, en medios donde la educación tiene como objetivo la ciega obediencia antes que el desarrollo de una ciudadanía consciente de sus derechos, las preguntas de los alumnos suelen tener como respuesta paradigmática: "porque el maestro lo dice".
 
Falacia populista (argumentum ad populum). Otra de las preferidas por la demagogia política, consiste en afirmar conviccionalmente una supuesta verdad aludiendo al número de sus defensores (p.ej: "¿cómo no va a ser cierto, si el 90% lo cree así?"). Clásicamente se ha refutado esta falacia recordando creencias desechadas en la actualidad pero aceptadas mayoritariamente en la antigüedad (por ejemplo, la idea de que la tierra es plana).
 
Falacia de la repetición (argumentum ad náuseam). También favorita dentro de las lides políticas, recurre a la repetición constante de una aseveración como sustento único de su validez. Tiene como paradigma aquella conocida frase del líder nazi Joseph Goebbels: "miente, miente, que algo queda".
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Falacia por ignorancia (argumentum ad ignorantiam). Frecuentemente utilizada para sustentar tesis religiosas, afirma la veracidad de una proposición basándose en la ausencia de pruebas en su contra (ejemplo típico: "Dios existe, nadie ha podido probar que no es así").
 
Falacia del falso dilema (falsa disyunción). Consiste en reducir una situación a sólo dos posibilidades presentadas como antagónicas, de modo que la descalificación de una de ellas debe supuestamente reforzar a la otra. En política, se esgrime esta falacia para defender gobiernos autoproclamados como insustituibles o "salvadores de la patria" (p.ej: a quienes critican las violaciones de derechos humanos por parte de grupos paramilitares apoyados por dictaduras, se les recuerda obsesivamente los crímenes cometidos por los grupos subversivos, como si sólo pudiese escogerse entre ambos extremismos deleznables). En el campo de la religión, no es raro que se utilice como argumento a favor de la presencia divina en ciertos hechos considerados como milagrosos, la simple ausencia (quizás momentánea) de una explicación científica rigurosa ("la medicina no puede explicarlo, ¡milagro!"); igual sucede con quienes se deleitan con descalificar incesantemente a diferentes teorías de aceptación mayoritaria en la actualidad (p.ej: la evolución o la gran explosión), creyendo que con ese simple accionar, están revitalizando el Génesis.
 
Falacia dirigida a la persona (argumentum ad hominem). Favorita del periodismo sensacionalista (manejado por grupos de poder), en lugar de refutar directamente los argumentos de un oponente ideológico, busca la simple descalificación de su persona en base a características suyas que no guardan relación con el argumento (p.ej: "¿cómo van a darle credibilidad, si es comunista?"; otro ej: "¿cómo puede opinar sobre el aborto un sacerdote, si no sabe lo que es tener un hijo?"). Sí resulta válido hacer alusión a una característica de la persona cuando aquélla influye directamente en el hecho en cuestión (p.ej: desconfiar de un procedimiento médico realizado por alguien que no ha estudiado medicina; en este caso, el estudio de tal disciplina sí es indispensable para el ejercicio de la misma).
 
Falacia de las emociones (sofisma patético). Intenta apelar a las emociones del interlocutor (miedo o culpa), en vez de a la razón. Un ejemplo cotidiano es el de las abuelas que intentaban embutirnos hasta el último rastro de comida recordándonos a "los niños pobres que no tienen qué comer" (como si nuestra saciedad pudiera llenarles el estómago). En política, no es raro acudir al patriotismo de la población para defender cualquier tipo de argumento, sin importar la veracidad del mismo (en los conflictos territoriales es la norma, ninguno de los dos bandos se preocupa realmente por la verdad de los hechos originales, la posición nacional debe ser defendida ciegamente, a capa y espada, so pena de ser calificado como "traidor"); cabría citar aquí a Samuel Johnson: "el patriotismo es el último recurso de los bribones". También puede encontrarse este sofisma en quienes apelan a la ira divina para erradicar de raíz cualquier pensamiento herético ("¡ofendes a Dios con tus blasfemias!").
 
Falacia de la consecuencia (argumentum ad consequentiam). Relacionada con la anterior, consiste en descalificar la veracidad de una posición refiriéndose a sus posibles consecuencias negativas, generalmente de forma exagerada y apelando al miedo (p.ej: "¿cómo no puedes creer en Dios? ¿no te resulta terrible el que no haya vida después de la muerte?", se puede refutar diciendo que la realidad no tiene que ser como uno quiere que sea; otro ej: "si se permite el aborto durante las primeras semanas, entonces nada impedirá que se lleve a cabo en cualquier momento del embarazo o inclusive despúes del parto, sería el inicio de un genocidio").
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Falacia de eludir la cuestión (ignoratio elenchi). Frecuente también en política, consiste en evadir el tema central a ser demostrado, desviándose hacia temas distintos, que suelen generar consenso, pero que no sustentan la posición inicial (p.ej: si se denuncia la contaminación ambiental que genera una empresa minera, el vocero de dicha compañía responde hablando sobre la importancia de la minería en la economía del país y del apoyo que está dando la empresa denunciada a la educación en los poblados aledaños; otro ej: se cuestiona como excesiva la pena de muerte a violadores, y el que apoya dicha pena habla sobre las consecuencias psicológicas en las víctimas de violación).
 
Falacia de la conclusión equivocada (non sequitur). En la cual la conclusión no se puede deducir lógicamente de las premisas presentadas. Frecuente entre los charlatanes, que esgrimen abundantes argumentos médicos, algunos de ellos veraces, para terminar concluyendo que su producto es útil, sin que la verborrea previa lo demuestre efectivamente (p.ej: "el magnesio es importante para múltiples funciones fisiológicas, por lo tanto, debe usted tomar suplementos de magnesio todos los días", en este caso, el rol que juega una sustancia en el organismo no implica necesariamente que deba suministrarse en exceso, más allá de lo que la ingesta diaria contenida en los alimentos puede proveer).
 
Falacia de la falsa causa (cum hoc, ergo propter hoc). Afirma que dos eventos que ocurren consecutivamente tienen necesariamente una relación causa-efecto, olvidando que puede existir un tercer factor que sea la verdadera causa o que se trate de una simple coincidencia (p.ej: "los homosexuales suelen padecer de depresión, por consiguiente, la homosexualidad produce depresión", no toma en cuenta que la discriminación social que muchas veces padecen los homosexuales puede ser el factor subyacente que desencadena la depresión; otro ej: "una vez soñé que sufría un accidente y pocas semanas después mi vecino se accidentó, mis sueños son proféticos", excluye la posibilidad más lógica de una mera coincidencia, incurriendo además en una falacia de generalización).
 
Falacia por falsa analogía. Intenta equiparar dos situaciones sin tomar en cuenta las diferencias existentes (p.ej: "si yo pude dejar de fumar, tú también puedes hacerlo", no considera que la vulnerabilidad para la adicción varía entre las personas).
 
Conocer y detectar estas y otras falacias en la diaria interacción verbal con otras personas, puede ayudar aunque sea en parte a reducir (no caigamos en la ingenuidad de pretender erradicar) los efectos perniciosos que aquéllas pueden llegar a tener, tanto a nivel individual como en la sociedad.

 

domingo, noviembre 02, 2008

Día de los muertos (2)


 

Hace algunas semanas, estando en el Camposanto de Pisa (Italia), llamó mi atención la tumba del científico Fabrizio Ottaviano Mossotti; sobre la misma se encontraba la figura esculpida en mármol de una bella mujer en una posición bastante sugestiva. De primera intención me pareció contradictorio coronar con tal monumento a la vitalidad el lugar de eterno reposo de un occiso. Una reflexión posterior, sin embargo, me llevó a la siguiente pregunta: ¿por qué dicha estatua femenina -tan radiante y perfecta en sus formas- no podría representar a la muerte, esperándonos anhelante pero con la serenidad de quien se sabe inevitable? ¿Tiene que ser la muerte necesariamente simbolizada de un modo abominable? Me viene a la memoria el siguiente escrito de Ramón Sampedro, aquél que se las ingenió para poner fin a su existencia, tormentosamente limitada por una tetrapejia:

"Prefiero a la otra

No me vendo, vida, por tan poco placer,
es tan despreciable el amor que me das,
tu mezquindad me ha vuelto orgulloso,
prefiero dejarte, esperaba de ti más generosidad.

La muerte es mi amiga, la quiero y la respeto,
no importa que me la nombres de negro,
espantosa y fría. Lo que queremos y deseamos,
siempre parece hermoso a nuestro mirar.

Si os comparo en hermosura,
esa señora que tú me muestras tan horrorosa
me gusta más.

Mezquina vida, no me convencen tus malas artes,
porque la llames fea, horrorosa, a tu rival.
Ella es la otra, la que yo quiero, la deseada.
Me voy con ella, quiero librarme de tus cadenas,
de tus mazmorras, de tus hedores.
¡No te soporto, me hueles mal!

No me impresionan tus artimañas de embaucadora.
No soy un niño al que consigas
con espantosos cuentos de miedo hacer temblar.
¿De qué me sirve que tus lacayos me tengan presoy encadenado?
¡No te deseo, ni volveré a desearte nunca jamás!

Amiga mía, tú que algún día tanto me amaste,
y de belleza tanto me hablaste,
déjame libre de tus cadenas
y no permitas que tu venganza llegue al final".


Ignoro hasta el momento qué o a quién representa la mujer de la tumba de Mossotti. Pero la posibilidad de ver en ella una alegoría de la parca no se me hace ya extraña.

 
 
 

jueves, mayo 01, 2008

Número 6



El prisionero fue una serie de televisión británica emitida entre 1967 y 1968, protagonizada por Patrick Mc Goohan. Muy sucintamente, trata sobre un agente del servicio secreto que renuncia a su organización, siendo luego secuestrado y recluido en una misteriosa localidad conocida como La Villa, en donde recibe la denominación de Número 6. A lo largo de los 17 capítulos, La Villa se revela como un lugar aparentemente hospitalario y agradable, con toda clase de comodidades. Pero tras esa atmósfera de amabilidad se encuentra una férrea y omnipresente administración, que controla todos los aspectos de la vida de sus habitantes, hasta en sus más mínimos detalles, y que no permite disidencia alguna. El líder visible de La Villa, conocido como el Número 2, somete al Número 6 a toda clase de estrategias destinadas a doblegarlo y averiguar por qué renunció, sin conseguirlo nunca; éste evade ingeniosamente todas las tretas, se muestra siempre reacio a admitir su apelativo numérico e intenta huir del lugar repetidas veces, lográndolo al final, irónicamente junto con el Número 2, carcelero y prisionero a la vez.

La serie resulta una alegoría bastante clara del individuo que lucha por su autonomía en contra de un sistema opresor. Para muchos, dicho sistema opresor encuentra su equivalente en regímenes totalitarios, sean éstos de índole fascista o comunista, en contraposición a la democracia (quién sabe simbolizada en una de las últimas escenas del capítulo final por el Palacio de Westminster). Podemos, sin embargo, tomarnos la libertad de extender metafóricamente un poco más los límites de La Villa, e incluir a toda la sociedad. Así, podríamos decir que la mayoría de nosotros vivimos parametrados por innumerables reglas y restricciones, cuyas motivaciones y fundamentos por lo general ignoramos parcial o totalmente. Y más que eso, no nos interesa conocer dichas motivaciones y fundamentos, o hacemos poco o nada por averiguarlo. Simplemente, así son las cosas, y seremos felices y viviremos cómodos y tranquilos, sin problemas, mientras nos adaptemos y no hagamos preguntas incómodas. Como en La Villa. ¿Por qué debes amar a tu patria? ¿por qué tienes que creer en dios? ¿por qué hacer una cosa y no la otra? Respuestas abundan, no lo dudo, pero ¿son en realidad las respuestas o solamente argumentos que muchos hemos aprendido a utilizar como tales, al punto de haberlos introyectado como propios, pero cuyos orígenes ni siquiera conocemos? Dicen que sin reglas el sistema colapsaría y sobrevendría el caos. Sin duda alguna pero, ¿todas las leyes, reglas, normas sociales y costumbres ancestrales (agregaría: prejuicios) contribuyen realmente a alejarnos del monstruo de la anarquía y de la muerte social? ¿O quizás muchas de ellas son solamente fantasmas de antiguas necesidades o existen esencialmente para la supervivencia de subsistemas que no necesariamente integran a la mayoría? La adaptación a nuestro medio social nos aleja de la tan temida soledad, al punto del sacrificio de nuestra propia individualidad; vale la pena citar aquí a Erich Fromm: "La mayoría de la gente está convencida de que, mientras no se la obligue a algo mediante la fuerza externa, sus decisiones le pertenecen, y que si quiere algo, realmente es ella quien lo quiere. Pero se trata tan solo de una de las grandes ilusiones que tenemos acerca de nosotros. Gran número de nuestras decisiones no son realmente nuestras, sino que nos han sido sugeridas desde afuera; hemos logrado persuadirnos a nosotros mismos de que ellas son obra nuestra, mientras que, en realidad, nos hemos limitado a ajustarnos a la expectativa de los demás, impulsados por el miedo al aislamiento y por amenazas aún más directas en contra de nuestra vida, libertad y conveniencia" (El miedo a la libertad, 1941).

Quizás todos seamos números en una enorme Villa. Algunos aparentemente dirigiendo y otros sometidos, pero todos al fin y al cabo prisioneros, sin saber las razones y sin conocer al Número 1.



miércoles, abril 30, 2008

Entre vivos y plebeyos




Documental producido como parte del taller de documental 2002-I a cargo del profesor José Balado en la Universidad de Lima. Dir. Matías Vega. Año: 2002. Duración: 13 min.
 

viernes, noviembre 02, 2007

Día de los muertos (1)




Hace unos días, mientras daba un solitario pero inspirador paseo en el antiguo cementerio limeño "Presbítero Maestro", tuve oportunidad de apreciar esa mezcla de fascinación y temor que los humanos tenemos ante la muerte, expresada marmóreamente en los monumentales mausoleos que las familias más acomodadas dedicaban a sus fallecidos. Cristos, ángeles, vírgenes, deidades griegas, leones míticos y otros seres fabulosos formaban parte de toda esta parafernalia de la extinción corporal. Irónico homenaje, en el cual el único que no puede apreciarlo es el homenajeado. Por supuesto que no todas las familias podían rendir semejante tributo a sus occisos, de modo que hasta en la muerte, el estatus socioeconómico impone su intransigente presencia: muchos -la mayoría en realidad- debían conformarse con un simple féretro de pared recubierto con una lápida de mármol, o simplemente con una humilde cubierta de cemento y letras pintadas (la última foto es bastante gráfica respecto a estas diferencias sociales post-mortem). Por supuesto que pecaríamos de ignorantes si pretendiésemos reducir tal realidad a nuestros tan vilipendiados tiempos postmodernos o inclusive a nuestro pasado más reciente, y ahí están las tumbas de Sipán o las pirámides de Gizeh para comprobarlo. En lo que a mí respecta, que no creo en cristianas sepulturas ni vidas ultraterrenales, una vez que el mundo se libre de mi existencia, que me arrojen no más al río Rímac, o si prefieren, al mar. Previa cremación, por supuesto, pues no quisiera convertirme en una contribución póstuma a la contaminación ambiental.







 

domingo, octubre 21, 2007

Solo 4 horas



 
Napoleón se enorgullecía
De dormir sólo cuatro horas.
Quizás por ello fuera
Tan imbécil.
Sin embargo
Una mancha de estatuas
Lo celebran:
Legó a la patria
Cuatro millones de muertos.
Y ningún sueño
Quizás porque tan sólo dormía
Cuatro horas
En las noches

Luis Hernández, 1970
 
 

miércoles, septiembre 19, 2007

miércoles, enero 31, 2007

domingo, enero 21, 2007

Impunidad "patriótica"




Samuel Johnson dijo en el siglo XVIII que "el nacionalismo es el último refugio de los canallas". Tuvo mucha razón. En nuestro medio en particular, es común que la escasez de argumentos válidos por parte de cierto sector de la prensa y de la clase política comprometida con la búsqueda de impunidad para actos de corrupción y violaciones a los derechos humanos durante las últimas dos décadas, sea frecuentemente encubierta con una verborrea patriotera que abunda en proclamas reivindicativas y no escatima acusaciones de "traición a la patria" y anuncia supuestas conspiraciones "antipatrióticas" y "proterroristas", dirigidas contra un heterogéneo grupo de personas y organizaciones que no comulgan con sus oscuros "ideales". (Hace unos años hicimos un análisis de los operativos psicosociales durante la dictadura de Fujimori, que tienen no pocas similaridades con los actuales, ver: http://stucchi.tripod.com/politica/psico.htm). Así, en el corto trayecto del actual gobierno de Alan García Pérez, lo esencial del discurso presidencial ha sido la arremetida contra las organizaciones no gubernamentales (ONGs) y contra la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), además de la sistemática campaña a favor de la pena de muerte para terroristas y violadores de menores de edad.

No hay que ser experto en temas políticos para darse cuenta de que todas estas acciones tienen un fin común: la impunidad. Basta recordar que muchas ONGs de derechos humanos fueron en su momento el único baluarte contra los reiterados abusos de las fuerzas armadas en zonas de emergencia, y que su labor fue uno de los pilares del informe final de la CVR; otras ONGs, por su parte, se han dedicado a investigar los daños que ciertas empresas mineras han causado al medio ambiente. Se trata pues, de entidades incómodas para algunos grupos de poder, que por desgracia, parecen influir demasiado en el gobierno del "cambio responsable", como lo hicieron durante la década de Alberto Fujimori. En el caso de la CIDH, el fallo emitido hace unos meses en contra del estado peruano por la masacre de un grupo de presos amotinados ya rendidos, acusados por terrorismo (muchos de ellos sin sentencia, y por lo tanto, probablemente inocentes), en 1992, desató una ola de fingida "indignación" en el gobierno, que llegó inclusive al planteamiento de un retiro de dicha organización y a acusaciones de todo calibre contra los miembros de la CIDH y quienes están a su favor. Particularmente absurda es la acusación emprendida por el partido aprista en contra del ex-presidente Alejandro Toledo por "allanamiento ante la CIDH"; ¿qué se esperaba de él? ¿que impidiera "patrióticamente" la investigación? ¿o que planteara argumentos ridículos tipo "suicidio colectivo", tan gratos a la congresista fujimorista Martha Chávez? Curiosamente, nada se ha dicho en contra del verdadero responsable: el ex-presidente Alberto Fujimori, quien dirigió directamente la operación. Finalmente, la enfermiza obsesión de Alan García a favor de la pena de muerte, que no ha dudado en manipular sentimentalmente a los deudos de las víctimas del accionar criminal de Sendero Luminoso, nada tiene que ver con "promesas de campaña" ni mucho menos con idealismos. Es cada vez más evidente que el verdadero objetivo es el retiro de la Corte de San José, para evitar las sentencias por la masacre de presos amotinados en el penal de El Frontón en 1986, durante el primer gobierno del actual mandatario. Recapitulando, siempre la impunidad al final del camino. Nada más.

 

domingo, agosto 06, 2006

La verdad duele



Muchos quisieran que no hubiera existido jamás una comisión que investigara lo sucedido en los años de la violencia en el Perú. Que todo hubiese quedado en el olvido, que las decenas de miles de muertos se hubiesen quedado tranquilos en sus fosas comunes, y que las torturas y violaciones no hubieran traspasado las fronteras del amargo recuerdo de sus víctimas. Que muchos de los perpetradores de dichos crímenes continuaran llevando una vida tranquila, gozando de la eterna impunidad. Y que todos siguieran creyendo que "no pasó nada", que sólo hubieron "algunos excesos", y que las denuncias sobre violaciones a los derechos humanos eran "propaganda subversiva", "traición a la patria" o simplemente "cojudeces" (no merecedoras de ser atendidas en el arzobispado de Ayacucho). Por eso, cuando se investigó el tema, muchos se sintieron ofendidos y sumaron fuerzas para desacreditar de la peor manera a quienes investigaron y a los resultados de sus investigaciones, sin haberse siquiera tomado la molestia de leerlas. No era necesario, por supuesto. La consigna era ocultar. Ocultar que muchos de los crímenes y otras violaciones a los derechos humanos fueron cometidos por quienes debieron precisamente proteger a la población. Ocultar que una parte importante de las víctimas de las fuerzas armadas no fueron feroces terroristas ni murieron en enfrentamientos armados, sino que muchas veces fueron hombres, mujeres, ancianos y niños inocentes y desarmados, victimados en sus mismas poblaciones solamente por ser sospechosos o por la posibilidad de que alguno de ellos fuera terrorista o "se convirtiera en terrorista". Ocultar que el estado no hizo el menor esfuerzo por ayudar a las víctimas y castigar a los culpables, sino que por el contrario, hizo el mayor esfuerzo posible por acallar cualquier denuncia y hasta defender solapadamente a los victimarios. No bastó que el informe final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación condenara explícitamente a los movimientos terroristas Sendero Luminoso y MRTA; de todos modos, se le acusó de ser "prosenderista". No fue suficiente que dicho informe recogiera los testimonios de las víctimas de la violencia; se le acusó de inventar datos. Los defensores de la impunidad quería un informe que callara los crímenes de las fuerzas armadas, que no dijera nada de Accomarca, de Huancasancos y de Cayara. Que se acordara solamente de algunas víctimas y olvidara a otras. En suma, quería un informe castrado, "políticamente correcto", "respetuoso de la paz y el orden". Que no tocara a los intocables y que no perturbara a los imperturbables. Hubieron también quienes en forma bienintencionada hicieron llegar sus críticas y recomendaciones hacia lo que al fin y al cabo, es un trabajo humano susceptible de errores. Pero fueron la minoría y los de menor audiencia. El afán destructor dominó la escena. Y puede seguirla dominando, ahora más que antes.

Y es que a veces la verdad duele.
 
 

domingo, julio 30, 2006

Stucchi



¿Cuál es el escudo verdadero?

sábado, julio 01, 2006

Mulholland-Drive



(David Lynch, 2001)

Sueños, sexo y venganza.

"No hay banda"... Rebeca del Río cae desmayada pero la canción sigue. "Todo es ilusión"...

Y la dulce y triunfadora Betty se convierte en la fracasada y vengativa Diana (Naomi Watts).

Y la inocente y sumisa Rita se transforma en la cruel y dominante Camila (Laura Herring).

El bello sueño termina y da paso a una realidad insoportable. Realidad que aún en el sueño se inflitra bajo el disfraz de una misteriosa llave azul, de una mafia castigando al odiado rival Adam Kesher (Justin Theroux), de un extraño Club Silencio, y de una llamada telefónica que no es contestada pero que al final acaba con el sueño, ya devenido en pesadilla. Y también -y sobretodo-, bajo el disfraz de un intenso deseo sexual que aflora a pesar de los esfuerzos oníricos del inconsciente por olvidar.

Pero la vigilia no permite olvidar, y el odio se convierte inevitablemente en venganza, y la venganza en suicidio. El sueño muere con la realidad, y la realidad con la muerte.







Lolita




(Stanley Kubrik, 1962)

Cuatro singulares personalidades interaccionan patológicamente bajo la brillante dirección de Stanley Kubrik.

Charlotte Haze (Shelley Winters), la madre dependiente e ingenua, cuyo único horizonte en la vida es encontrar un marido, ciega ante el verdadero propósito de su nuevo esposo.

Clare Quilty (Peter Sellers), narcisista y ególatra, es el depredador que acecha permanentemente en forma fantasmal, siguiendo un plan elaborado con fría exactitud.

Humbert Humbert (James Mason), egoísta e inmaduro, incapaz de dominar su pasión otoñal, rompe con todas las convenciones sociales y se hunde en la psicopatía asesinando al ladrón que le roba su presa.

Lolita (Sue Lyon), juega entre la ingenuidad infantil y la seducción maliciosa, variable en sus actitudes, víctima y victimaria al mismo tiempo.

Charlotte manipula a Humbert para obtener el matrimonio. Humbert manipula a Charlotte y a Lolita para acercarse a esta última. Lolita manipula a Humbert, primero finamente para acercarse a Quilty, y al final burdamente sólo para obtener dinero. Quilty manipula a Humbert para acercarse a Lolita, y a Lolita para exibirla como trofeo.

Charlotte muere huyendo de la verdad hecha evidente. Quilty, rodeado de su propia decadencia, es asesinado por Humbert. La sangre fría acabada por la pasión vengativa. Cazador cazado. Humbert se hunde cada vez más en el patetismo de su pasión anómala y, sin control sobre su sed de venganza, elimina a quien culpa de su desgracia, acabando sus días en prisión. Otro cazador cazado. Lolita es despreciada por Quilty y termina casándose con un individuo pobre y mediocre al que sólo une el embarazo. La estrella eclipsada tras un delantal.

Trágico final para un perverso pero inolvidable juego de manipulaciones.




viernes, junio 16, 2006

Espejismo




Le contaron al gobernante de un país que todas las mañanas un hombre, al parecer loco, llegaba arrastrando sus andrajos hasta el borde de un basural de las afueras de la ciudad, instalaba ahí un fogón de piedras y se ponía a preparar sus alimentos en una olla; que en realidad la olla siempre estaba vacía y que después el hombre fingía verter parte de los imaginarios alimentos en un plato y simulaba comer. El gobernante, transpirando de sospechas, decidió ver al hombre.

A la mañana siguiente, luego de observar oculto y a cierta distancia lo que hacía el hombre hasta el instante en que se llevaba la primera cucharada a la boca, el gobernante salió de su escondrijo y se acercó, seguido por el silencio de su numerosa comitiva.

-Soy el que gobierna este país- le dijo al hombre.

Sentado al pie del humilde fogón, el hombre levantó la mirada y observó al gobernante, pero no dijo nada. En seguida cogió la olla y otro plato, simuló verter en éste un poco del supuesto contenido de la olla y añadió
una cuchara.


-Sírvase señor- le ofreció el plato al gobernador.

Convencido de que el hombre estaba loco, el gobernante hizo una mueca de enojo y resueltamente comentó:
-Esto es una locura- y se alejó de prisa.


Y no pudo oír que el hombre decía, con voz fatigada y triste:
-No es locura, señor; es pobreza.



(Antonio Gálvez Ronceros: "Espejismo", en "Historias para reunir a los hombres". Citado por Javier Mariátegui en "Salud Mental y Realidad Nacional")