Ante sí se revelaba un horizonte pletórico de posibilidades, un vasto mundo por descubrir, abundante en misterios que incitaban su curiosidad, que despertaba luego de un largo y penoso letargo. Atrás quedaría la ominosa pesadilla del encierro. Pero, ¿de qué vale engañarse? En realidad, aquel claustro del que ahora pretendía huir y del cual despotricaba sin concesión, lo había albergado cuando más lo requería, en momentos de tormentosas vivencias. Es más, aquella celda sin luces había sido obra suya, aunque los recuerdos de tales hechos le resultasen hoy nebulosos a su memoria. No recordaba ya que el mundo nuevo al cual pretendía con ímpetu lanzarse era en verdad conocido, y sus supuestos descubrimientos no serían más que reencuentros con tiempos idos. No importaba. El reto se abría ante sus ojos, y el abismo insondable le resultaba irresistible. Sin embargo, no fue capaz en su entusiasmo, de percibir a tiempo un detalle. Ya no tenía alas...
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martes, junio 22, 2010
Alas
Ante sí se revelaba un horizonte pletórico de posibilidades, un vasto mundo por descubrir, abundante en misterios que incitaban su curiosidad, que despertaba luego de un largo y penoso letargo. Atrás quedaría la ominosa pesadilla del encierro. Pero, ¿de qué vale engañarse? En realidad, aquel claustro del que ahora pretendía huir y del cual despotricaba sin concesión, lo había albergado cuando más lo requería, en momentos de tormentosas vivencias. Es más, aquella celda sin luces había sido obra suya, aunque los recuerdos de tales hechos le resultasen hoy nebulosos a su memoria. No recordaba ya que el mundo nuevo al cual pretendía con ímpetu lanzarse era en verdad conocido, y sus supuestos descubrimientos no serían más que reencuentros con tiempos idos. No importaba. El reto se abría ante sus ojos, y el abismo insondable le resultaba irresistible. Sin embargo, no fue capaz en su entusiasmo, de percibir a tiempo un detalle. Ya no tenía alas...
domingo, noviembre 02, 2008
Día de los muertos (2)
Hace algunas semanas, estando en el Camposanto de Pisa (Italia), llamó mi atención la tumba del científico Fabrizio Ottaviano Mossotti; sobre la misma se encontraba la figura esculpida en mármol de una bella mujer en una posición bastante sugestiva. De primera intención me pareció contradictorio coronar con tal monumento a la vitalidad el lugar de eterno reposo de un occiso. Una reflexión posterior, sin embargo, me llevó a la siguiente pregunta: ¿por qué dicha estatua femenina -tan radiante y perfecta en sus formas- no podría representar a la muerte, esperándonos anhelante pero con la serenidad de quien se sabe inevitable? ¿Tiene que ser la muerte necesariamente simbolizada de un modo abominable? Me viene a la memoria el siguiente escrito de Ramón Sampedro, aquél que se las ingenió para poner fin a su existencia, tormentosamente limitada por una tetrapejia:
"Prefiero a la otra
No me vendo, vida, por tan poco placer,
es tan despreciable el amor que me das,
tu mezquindad me ha vuelto orgulloso,
prefiero dejarte, esperaba de ti más generosidad.
La muerte es mi amiga, la quiero y la respeto,
no importa que me la nombres de negro,
espantosa y fría. Lo que queremos y deseamos,
siempre parece hermoso a nuestro mirar.
Si os comparo en hermosura,
esa señora que tú me muestras tan horrorosa
me gusta más.
Mezquina vida, no me convencen tus malas artes,
porque la llames fea, horrorosa, a tu rival.
Ella es la otra, la que yo quiero, la deseada.
Me voy con ella, quiero librarme de tus cadenas,
de tus mazmorras, de tus hedores.
¡No te soporto, me hueles mal!
No me impresionan tus artimañas de embaucadora.
No soy un niño al que consigas
con espantosos cuentos de miedo hacer temblar.
¿De qué me sirve que tus lacayos me tengan presoy encadenado?
¡No te deseo, ni volveré a desearte nunca jamás!
Amiga mía, tú que algún día tanto me amaste,
y de belleza tanto me hablaste,
déjame libre de tus cadenas
y no permitas que tu venganza llegue al final".
Ignoro hasta el momento qué o a quién representa la mujer de la tumba de Mossotti. Pero la posibilidad de ver en ella una alegoría de la parca no se me hace ya extraña.
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viernes, noviembre 02, 2007
Día de los muertos (1)
Hace unos días, mientras daba un solitario pero inspirador paseo en el antiguo cementerio limeño "Presbítero Maestro", tuve oportunidad de apreciar esa mezcla de fascinación y temor que los humanos tenemos ante la muerte, expresada marmóreamente en los monumentales mausoleos que las familias más acomodadas dedicaban a sus fallecidos. Cristos, ángeles, vírgenes, deidades griegas, leones míticos y otros seres fabulosos formaban parte de toda esta parafernalia de la extinción corporal. Irónico homenaje, en el cual el único que no puede apreciarlo es el homenajeado. Por supuesto que no todas las familias podían rendir semejante tributo a sus occisos, de modo que hasta en la muerte, el estatus socioeconómico impone su intransigente presencia: muchos -la mayoría en realidad- debían conformarse con un simple féretro de pared recubierto con una lápida de mármol, o simplemente con una humilde cubierta de cemento y letras pintadas (la última foto es bastante gráfica respecto a estas diferencias sociales post-mortem). Por supuesto que pecaríamos de ignorantes si pretendiésemos reducir tal realidad a nuestros tan vilipendiados tiempos postmodernos o inclusive a nuestro pasado más reciente, y ahí están las tumbas de Sipán o las pirámides de Gizeh para comprobarlo. En lo que a mí respecta, que no creo en cristianas sepulturas ni vidas ultraterrenales, una vez que el mundo se libre de mi existencia, que me arrojen no más al río Rímac, o si prefieren, al mar. Previa cremación, por supuesto, pues no quisiera convertirme en una contribución póstuma a la contaminación ambiental.
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